La
gente entra y sale, pero don Enrique con su olor aguardientoso hace que los
clientes sepan que no tendrán la necesidad de tocar la puerta de entrada. Con peculiar
aspecto hace que las personas que entran a la tienda de autoservicio se den
cuenta de su facha. Sin preocupación alguna y con su carisma que lo
caracteriza, don Enrique hace que las mujeres se sientan bellas al tomarlas de
la mano y decir cosas agradables.
En
su mirada se puede reflejar la soledad, pero en sus actos la alegría que le da
el alcohol por solo ratos. Con sus amigos se le puede ver vagabundeando por los
parques del fraccionamiento de Bosques de Saloya, estos personajes son tan difíciles de ignorar por su
forma tan divertida pero tan común, hacen que se puedan dar cuenta que la vida
es bella aun a pesar de las circunstancias.
Unos
días están aquí, otros allá y se preguntan dónde vive, el simplemente dice –el lugar es lo que menos
importa, cuando se tiene la oportunidad de dormir y despertar–con la sonrisa en
la cara. Se sabe que tiene la necesidad de pedir unos simples pesos.
De
regreso a su lugar acostumbrado, su esquina amada de aquella tienda de
autoservicio, sigue de viene, viene y hace el trabajo que haría un portero al
abrir y cerrar la puerta. Solo pide una cosa –me da unas moneditas, reinitas–
lo dice don enrique de una manera que cualquiera se lo daría. Y no por estar
bajo los efectos del alcohol significa que es un vulgar, no, más que eso es un
señor que dice las cosas con educación y sencillez.
Quizás
no tenga un lugar donde dormir, comer o bañarse, pero nadie lo juzga por eso.
Las circunstancias en las que él vive, no ha podido borrar la sonrisa de su
rostro y cada vez que se le ve por las calles nos da una buena lección de vida.
Autora: Berenice Moha
Fb/bere moha
Twit/@bere_moha

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